lunes, 30 de julio de 2012

Comunión y confesión ¿caminos de inclusión?


Personalmente me encuentro de acuerdo con quien reconoce dentro del cristianismo (católico o no) dos grandes tendencias: una profética y libertadora que sintoniza con el movimiento de Jesús como movimiento al servicio de los sectores más marginados y excluidos de su tiempo, y otra tendencia que ha convertido el cristianismo en sistema, e inevitablemente en estructura. La existencia de una estructura conlleva invertir energía e inteligencia para la subsistencia, la defensa y el desarrollo de la misma. De esta manera la estructura pierde su verdadero sentido y en lugar de vivir en función de su original misión empieza a vivir por y para sí misma. Al principio la estructura viene vista y vivida como un medio, pero con el pasar del tiempo se vuelve una finalidad. Otro límite de la Iglesia como estructura lo veo en el hecho que se encuentra obligada a entrar en relación con las otras estructuras existentes (por ejemplo la política y la económica) acogiendo el mismo lenguaje (sino no se comprenderían) e igualándose en las formas estructurales (sino no se reconocerían y no podrían entrar en relación). Es el límite de una Iglesia que aceptó de ser un estado en medio de otros entrando en relaciones diplomáticas con las estructuras políticas, económicas y financieras del tiempo. La situación empeora cuando, viviendo estas relaciones diplomáticas, la Iglesia se pone con la soberbia de quien piensa ser revestido de una misión y de un poder que le viene desde arriba, como si Dios hablara solo en ella o a través de ella. La Iglesia, encerrada en una estructura inevitablemente pierde la fuerza de la palabra profética que nace del proyecto de Dios de estar con los más marginados (es todo el movimiento de Jesús). La Iglesia tendrá que hablar según una lógica de política correcta, en la cual algunas cosas se pueden decir y otras no por el miedo de deteriorar las mismas relaciones diplomáticas. La Iglesia en este sentido es capaz de palabras fuertes, y hasta conflictivas, cuando le toca defender su soberanía como cualquier otro estado. En el caso de la Iglesia no se habla solo de soberanía territorial, sino también de soberanía moral (como el hombre tiene que vivir) y teológica (que el hombre puede pensar y decir de Dios). Me parece que esta no era la actitud de los profetas que generaron el movimiento de Jesús, sino era la actitud de los profetas del templo y de los sacerdotes que hablaban desde el principio estructural del Templo, la estructura que les aseguraba sus mismas subsistencias.
De otra parte sería anacrónico, y tal vez imposible, pensar en una Iglesia sin estructura. El mismo Pablo se movía dentro de una Iglesia que presentaba ya una estructura, también si su propuesta era de una Iglesia igualitaria, ministerial y laica, signos vivos de caridad (ágape) y expresión de la fe en Jesucristo. En realidad esta vivencia ha sido remplazada por una Iglesia jerárquica, autoritaria y sacerdotal. Este proceso es evidente en el pasaje entre las cartas originales de Pablo y las deuteropaulinas (como las cartas a Tito y Timoteo), que retoman algunas enseñanzas del apóstol logrando decir algo totalmente diferente y hasta contradictorio. Personalmente rechazo el proyecto de destruir toda forma de estructura. Sería casarse con las ideologías extremistas (de izquierda o de derecha) que apuntan a una libertad, personal o de mercado, que tiene un entendimiento equivocado del líbero arbitrio.
A esta altura, lastimosamente, no podemos considerar la Iglesia o su mensaje sin considerar su estructura. En este sentido estamos llamados a confrontarnos con la estructura de la Iglesia para reconocer cuando esta se da en formas exclusivas (excluyente) o inclusivas, cuando es una Iglesia que vive la opción preferencial por los pobres o cuando trabaja para los pobres (tal vez) desde un contexto de riqueza y poder. El cambio de una Iglesia no se puede dar a pesar de la misma o de su estructura, sino desde el interior.
En este sentido la propuesta que hago, y que intento personalmente vivir y enseñar, es la de derrumbar barreras de exclusión. Una experiencia es la que ya pude expresar en el escrito Iglesia cerrada con la posibilidad de acceso al corazón de la inclusión de Dios, la comunión, sin poner límite a la libertad de Jesús en su decisión de comunicarse a todos los hombres, y preferencialmente a los más excluido y marginados (que en la época de Jesús también eran considerados impuros y pecadores). La libertad del hombre de hacer camino se decidirá a partir de la comunión de Dios, y no como punto de llegada. Es Dios que se ofrece al hombre y no el hombre que merece esta comunión o alianza con él. La aceptación del proyecto de Dios será la respuesta que el hombre puede dar a la propuesta de Dios. Esta respuesta se da en el repetir la misma lógica de Dios en la construcción de un mundo (reino) de paz, de justicia, de igualdad y de misericordia.

Nos han enseñado que la confesión es condición para recibir la comunión. Reconozco en esta enseñanza y práctica algunos límites. De esta manera se limita la ofrenda que Jesús hizo de sí mismo al mundo entero, un límite que considera el pecado más fuerte del amor. Lo considero una traición a la cruz de Cristo que muriendo por el mundo entero ya venció y perdonó todo pecado. El velo del Templo con la muerte de Cristo se rasgó una vez para siempre y para todos. Poner la confesión como condición significa cocer otra vez este velo encerrando a Dios en un lugar que no es para todos. La práctica de la confesión antes de la comunión confirma el esquema del puro e impuro que Jesús borró. Está en la conciencia común que no se puede recibir la comunión estando impuros o indignos y que solo con la purificación de la confesión se puede acceder a este sacramento. Esta es la lógica de la purificación y de los sacrificios que Jesús rechazó.
De otra parte el sacramento de la confesión y de la comunión son dos sacramentos distintos. En muchas diócesis se trata de enseñar a los niños que no son uno la consecuencia del otro. Esta enseñanza será siempre limitada si consideramos la confesión como condición para acceder a la comunión, en lugar de considerar la primera como consecuencia de la segunda. La confesión es experiencia de la misericordia de Dios que no puede ser plena si antes no vivimos esta experiencia por lo que el amor de Dios es: gratuito y para todos. En este sentido no considero absolutamente la confesión necesaria para poder recibir la comunión. La confesión será al máximo la respuesta positiva de la persona que sintiéndose amada querrá confirmar este amor dejándose tocar en lo más profundo de su ser con la confesión de la propia vida.
Sabemos, lastimosamente, que a veces la acusación de los pecados es un arma en mano de una Iglesia moralizadora que corre el riesgo de controlar la conciencia en lugar de liberarla. Es una Iglesia que enseña a vivir bajo el sentido de la culpa en lugar de vivir encontrados por el sentido de la gracia.
Pensando en tantos pobres que se encuentran en la imposibilidad de vivir algunas leyes de la Iglesia me da lástima que tienen que sentirse por esto pecadores y esclavos del sentido de culpa. Permitirle la experiencia libertadora del amor gratuito de Dios abre caminos de reconciliación con sí mismos y con los demás. Esta liberación cambia una manera de ser Iglesia. Es una manera para tocar el corazón de la Iglesia como estructura, haciéndola más fiel al evangelio.
Significa quitarles a los sacerdotes el poder, o la responsabilidad, de moralizadores de la sociedad, permitiéndole en cambio de ser, según su verdadera vocación, los que proporcionan a todos la misericordia gratuita de Dios.

Derrumbar barreras de esta estructura eclesial encerrada en sí misma significa empezar a vivir prácticas eclesiales diferentes, y si nos equivocamos… bueno, esto lo dirá Dios, el único que finalmente puede juzgar.


Emanuele Munafó

lunes, 16 de julio de 2012

Iglesia hecha de oro y plata


Sus ídolos no son más que oro y plata, una obra de la mano del hombre. Tienen una boca pero no hablan, ojos, pero no ven, orejas, pero no oyen, nariz, pero no huelen. Tienen manos, mas no palpan, pies, pero no andan, ni un susurro sale de su garganta.
Salmo 115, 4-5

Tal vez para algunos puede parecer demasiado fuerte o irrespetuoso paragonar nuestra Iglesia Católica de hoy a uno de estos ídolos hechos de oro y plata. Son ídolos que teniendo boca no pueden hablar, ojos no pueden ver, orejas no pueden escuchar.
En cambio es insistente la sensación que esta Iglesia desde tiempo viene repitiendo lo de siempre, sin tener la capacidad de palabras nuevas y prometedoras, una Iglesia incapaz de escuchar y de reconocer la realidad que tiene adelante. Para mí, últimamente y a menudo, es muy fuerte la adoración idolátrica que la Iglesia tiene hacia sí misma, sin recordarse que ella también es “una obra de mano de hombres”, y entonces que puede pasar que cierre su boca y que tape sus ojos y oídos. Una Iglesia que se considera posesora de la única verdad, creyendo además de tener la tarea de defenderla, asume la actitud de un ídolo de oro y plata, obra de la mano del hombre que no habla, no escucha y no ve si no así misma. Sabemos bien que la verdad no se posee, a lo mejor se busca o se sirve. Esto conlleva escucha, dialogo y discernimiento, espacios para compartir los caminos y para reconocer las diferencias. Este proceso necesita de boca para dialogar, de oídos para acoger, de ojos para reconocer y amar. Una Iglesia que piensa de hablar desde la perspectiva de la única verdad no necesita relaciones para dar pasos nuevos, sino solo personas que escuchen las palabras de siempre y aprendan a obedecer y cumplir.
Por eso me pregunto ¿Por qué a veces actuamos como dueños de la verdad?
Tengo la sensación de estar delante de una Iglesia que no tiene nada más que decirnos, que no sabe escucharnos y que no cambia su mirada superba y juzgadora en una humilde y acogedora.

Tiene boca pero no habla
Últimamente no es raro encontrarse con una Iglesia con la boca cerrada que perdió su capacidad de hablar al mundo de hoy, que se limita a repetir las palabras de siempre. Una Iglesia que simplemente confirma sus verdades sin buscar en la Palabra luces de caminos nuevos. Es una Iglesia que exalta la importancia de la Palabra de Dios y que al mismo tiempo se fastidia cuando la Palabra misma la cuestiona. Esta Iglesia utiliza su palabra para tapar la boca de quien habla de derechos humanos o de ecología, de quien se esfuerza de desarrollar reflexiones como las de la teología de la liberación o feminista. Es una Iglesia que prefiere hablar de sacramentos y no de problemas sociales o políticos como el narcotráfico, la corrupción, la discriminación de género o hacia quien expresa una opción sexual diferente de la heterosexual. Esta Iglesia reduce su predicación a un simple discurso moral, y por la mayoría de moral sexual.
La palabra de Jesús da esperanza y muestra luces, en cambio su palabra no abre caminos, sino encierra a todos en un único camino posible, que es lo que solo ella ve.

Tiene ojos pero no ve
Es una Iglesia que no se da cuenta que la realidad que tiene adelante ha cambiado. Extraña los tiempos en los cuales “todos” eran católicos, y habla como si todavía todos lo fuesen, eran los tiempos en los cuales su palabra era considerada palabra divina. Es una Iglesia que tiene una mirada de desprecio hacia el mundo considerándolo malo, equivocado o pecador1. Es una mirada soberbia y muy superficial de quien piensa de tener el derecho de juzgar realidades que la mayoría de las veces tampoco vive. Es una Iglesia que se hace maestra del mundo habiendo renunciado de hacerse simplemente compañera de viaje del hombre viviendo ella también en este mundo. Es una Iglesia que se mira a si misma considerándose como un mundo aparte dentro de este mundo, un estado dentro de los estados, y que vive por encima de estos.
Sus ojos no están para acoger y amar a la realidad diferente de sí misma, no tiene siempre la capacidad de reconocer los tiempos nuevos que estamos viviendo con sus cambios y profecías.
Es una Iglesia que teniendo ojos no logra a mirar y reconocer a la realidad que tiene adelante porque ya tiene un juicio, o prejuicio, de condena o negativo. Mira a la realidad de arriba hacia abajo y al pobre con conmiseración y no misericordia. El pobre es visto objeto de caridad y no oportunidad de conversión para la Iglesia misma.
La mirada de Jesús se posaba sobre el hombre para amarlo y acogerlo, en cambio esta es  una Iglesia que vive la opción preferencial para los pobres y no por los pobres, porqué su grito hace rato no lo escucha.

Tiene oídos pero no oye
Es una iglesia que teniendo oídos hay cosas que no puede escuchar. No puede escuchar lo que la incomoda o que no la confirma en lo que ya es. No puede escuchar a quien cuestiona su teología, sus leyes, su moral, doctrina o magisterio. No puede escuchar estas críticas a pesar de que lleguen desde la vida del mismo pueblo que debería servir. El grito del pueblo lo percibe como fastidioso o ignorante, en el sentido de que no tiene nunca la preparación o la inteligencia para poderse expresar correctamente. Es el grito de los excluidos que se encuentran en esta situación porque no pueden pasar por las puertas estrechas de las leyes que anuncian exigencias olvidando la misericordia. Sus mismas vidas son una crítica a estas leyes que la Iglesia decide de no cuestionar, porque se reconoce más en sus leyes que en la práctica de la misericordia.
Dios escuchaba el grito de su pueblo para darle una respuesta, también cuando este grito cuestionaba el mismo Dios. Esta Iglesia en cambio vive en una constante apología de sí misma y de su práctica.

Más allá de la idolatría
Personalmente no considero demasiado atrevido comparar nuestra Iglesia con los ídolos del salmo donde oro y plata alumbran y ofuscan, atraen y confunden. Es esta la imagen de Iglesia que últimamente encontramos. Una Iglesia estática como un pantano y no prometedora como el movimiento dinámico de un río. En esta Iglesia parece que cada práctica o palabra, que crea un poco de movimiento inesperado, moleste el sueño del pantano. En esta Iglesia-pantano, enamorada de sí misma, parece que la tradición se considera como repetición y no como entrega de sí misma a la libertad del hombre de hoy. Es una Iglesia que desconfía de la libertad del hombre de hoy porque no reconoce su madurez y su camino. Es una Iglesia que no escucha lo que se dice o que se grita, sino simplemente se fija en la modalidad de expresarse. Es una Iglesia acostumbrada a que las cosas no se deben cambiar sino confirmar. Es la misma dinámica de fe que esta Iglesia nos invita a vivir: una fe de la obediencia y de la sumisión que no quiere dar pasos o abrir a caminos nuevos. Es una Iglesia vieja como un pantano donde todo tiene que quedarse igual a sí mismo, en la cual también las novedades son válidas si ya vividas en la antigua tradición.
No me sorprende todo esto pero sí me indigna como repetimos la dinámica de una Iglesia asustada de la profecía de la cual debería ser testigo, prefiriendo la seguridad de la estructura (sobre todo jerárquica), que la fuerza de relaciones de amor y de misericordia. Es una Iglesia que pone la ley por encima de la misericordia haciendo de la primera requisito para la segunda. El mandamiento del amor de Jesús lo considero válido no como ley entre las leyes, sino como práctica primordial de Dios con la humanidad.  Jesús nos revela no lo que tenemos que vivir, sino lo que él estaba ya viviendo en la práctica. El mandamiento del amor no es síntesis de las leyes antiguas, sino es práctica siempre nueva de poner como principio de todo el amor que también si no es amado logra a perdonar (Dante Aligheri), entonces a amar. Considero esta práctica divina principio de cada camino. Leyes o estructuras que de una forma u otra borran o esconden esta práctica del amor incluyente, creo que pierdan su valor y no tienen que ser respetadas.
No me asusta declarar que en esta Iglesia de plata y oro mantenemos prácticas idolátrica que están haciendo de nuestro Dios un Dios callado con ojos u oídos tapados.

A la Iglesia, y a cada uno de nosotros, le pedimos el mismo coraje de saber hoy escuchar la voz de quien se siente excluido, de no juzgar la forma de gritar, sino de escuchar el contenido del grito.
¿Será nuestra Iglesia todavía capaz de la humildad de quien sirve de despojarse de la soberbia de quien manda?
Esta duda atroz me devora. Con este blog estoy haciendo experiencia del silencio del ídolo que no tiene boca para hablar u oídos para escuchar. Reconozco el miedo en el silencio de quien espera que toda palabra muera de su cansancio y también el miedo de la palabra de quien quiere limitar esta forma de expresarse pensando inoportuno el grito o pidiendo que este se encierre en un hablar intraeclesial.
No hay muchas alternativas delante de un pantano si quieres que retome vida. O lo abandonas a sí mismo, o con la práctica empiezas a abrir caminos rompiendo los bordes que lo limitan para que el agua empiece otra vez a fluir.
Considero buena la práctica de quien según conciencia desobedece a las leyes y a los preceptos que tienen índices de exclusión. Son barreras que se rompen y hacen fluir agua para que esta vuelva a donar vida.

Personalmente comparto algunas reflexiones que para mí ya son tentativos de prácticas concretas:
1.      Todos los que desean hacer experiencia del don gratuito del amor de Dios no pongan límites ni barreras en su camino (hablé de esto en el escrito “Iglesia cerrada ¿La comunión a quién?”. http://emanuelemunafo.blogspot.com/2012/06/iglesia-cerrada-la-eucaristia-quien.html).
2.      Necesitamos reconsiderar la relación entre pecado y gracia, confesión y comunión. Hablaré de esto para rescatar que la primera no es condición para la segunda, más bien que la comunión es oportunidad para la segunda.
3.      Necesitamos reconsiderar el tema de la economía dentro de la Iglesia, demasiado rica y poderosa para estar concretamente de la parte del pobre.

No creo que sea inútil hablar y decir las cosas que se piensan, sino no estaría escribiendo, pero delante de un ídolo de oro y plata, de una Iglesia-pantano, creo sea más útil la palabra que se hace practica, y una práctica que no se esconde en el silencio, sino que se hace nuevamente palabra.


Emanuele Munafó



1 Citando al Padre Hugo De Censis: «¡El mundo es una mierda!» (Catedral de Pucallpa, predicando en una ordenación diaconal el 30 de junio 2012).

sábado, 30 de junio de 2012

La ley de Dios ¿a servicio de quién?

¿La ley es siempre para el bien de las personas?
¿Con qué autoridad se imponen o proponen al hombre las leyes?
¿Suficiente decir que una ley es de Dios o voluntad suya para que sea justa o buena?

La Biblia está repleta de la voluntad de Dios o de lo que supuestamente debería ser ordenando por él. En realidad sabemos que muchas leyes en la Biblia obedecen a lógicas que no son necesariamente el deseo del bien del hombre de parte de Dios. Muchas leyes nacen de la vida de las autoridades y de las jerarquías, que son herramientas para justificar la jerarquía misma y el ámbito de su poder (Templo y Palacio) y tienen fuerza justificándose en la supuesta voluntad de Dios.
Estas leyes, que justifican las jerarquías y las exclusiones, se transforman inmediatamente en herramientas de opresión y marginación para los más pobres que se encuentran en la imposibilidad de poder obedecer la supuesta voluntad de Dios. Un ejemplo de esta manera de proceder lo encontramos en el libro del Levítico1.
El levítico es uno de los testimonios que tenemos para reconocer como dentro de la Biblia hay dos proyectos. Un proyecto que trata de justificar la presencia del Templo, del Palacio y de la jerarquía como mediadora única para llegar a Dios (es un proyecto según el corazón y los intereses de los poderosos), y un proyecto que describe la verdadera modalidad de Dios de estar con su pueblo, sin mediaciones, sin límites, un Dios que está con los excluidos y no con quien excluye, con quien llora y no con quien hace llorar.
En la formación misma del código del Levítico se rescata este doble proyecto. De una parte está el esquema Moisés-Arón-sus hijos-el pueblo, a través del cual se confirma la estructura jerárquica con Moisés único mediador. El otro esquema se concretiza en la manera en que Dios se muestra a todo el pueblo (Lv 9, 23), donde Dios muestra su santidad sin mediación alguna (Lv 10, 23). En realidad toda la ley pierde su valor delante de lo más importante: el deseo del Señor de mostrarse a todos.
Esto me parece el criterio que Jesús mismo utiliza delante de la ley. Cuando una ley tiene rasgos de exclusión contra los  marginados no la reconoce buena y no la respeta.

Me pregunto si una lógica como esta, de una forma u otra, no se está repitiendo en nuestra Iglesia.
¿También hoy tenemos leyes que apoyándose sobre la voluntad de Dios son justificaciones de poderes y herramientas de exclusión?
¿Hay leyes que justifican los poderes fuertes dentro de la Iglesia y la exclusión de los más marginados?

Sabemos que el Levítico y sus leyes están escritas “a partir de la perspectiva de Jerusalén (Templo y Palacio), en especial del templo reconstruido y del clero primariamente deportado a Babilonia y que pasa por un proceso de reforma de las obligaciones y el status en la reconstrucción de la vida nacional en el post-exilio”. Era el tiempo en el cual se veía necesario reconocer en Jerusalén y su Templo como el único centro de verdad y en la jerarquía la única mediación hacia Dios. Las autoridades religiosas y políticas sentían que era necesario reafirmar una verdad, una pureza de fe y de culto, una estructura religiosa jerárquica reconocida y obedecida.
Esta situación que hizo nacer el Levítico y su legislación me parece tanto antigua y también muy moderna y actual. La necesidad de reafirmar una sola verdad, recuperar una pureza de fe y de culto, fortalecer la autoridad  de la jerarquía hace parte del lenguaje actual de nuestra Iglesia. Conocemos el esfuerzo de los últimos dos papas para moverse en esta dirección: un “nuevo” catecismo, un nuevo derecho canónico, nuevas (o antiguas) reglas para el culto. Todo nace desde un centro, la Iglesia de Roma, hacia la periferia que son todas las Iglesias del mundo. Me parece que es una Iglesia que busca la uniformidad y no la unidad en la diversidad. El movimiento es siempre desde el centro hacia la periferia, y lo que nace en la periferia viene visto siempre con sospecha si no repite o si no confirma lo que el centro dice. Las teologías de América Latina o de África son vistas con sospecha solo porque nacen de una experiencia de vida diferente, desde la perspectiva de los excluidos. El movimiento de Jesús nació no desde el centro de la teología o de los intereses de poder de su tiempo, sino desde la periferia, desde el contacto con los oprimidos y excluidos. Su movimiento era una respuesta al centro y una propuesta para todos los marginados. En el momento en que la Iglesia conquista el centro del mundo (Roma) empieza a seguir la misma lógica de los poderosos. Las leyes de Jesús nacen desde la perspectiva de los excluidos, pero las leyes de las Iglesia actual ¿desde qué perspectiva nacen?
Hoy como ayer hay leyes que no son oportunidad de camino, sino una exclusión prejudicial para quien este camino no lo puede recorrer por la misma condición en la cual se encuentra. En este caso no tengo ningún problema a afirmar que, como siempre, el precio más alto lo pagan siempre los más pobres.
No se puede aceptar siempre la perspectiva de quien se encuentra en el centro y habita los palacios del poder, si ellos no escuchan y no hacen central la perspectiva de quien vive en la periferia del mundo, de la religión y de las leyes. No se puede aceptar la perspectiva eurocéntrica con su teología, su estructura jerárquica y sus leyes si no son camino de inclusión y oportunidad para los más excluidos. Tenemos que escuchar la teología que nace desde los niños hambrientos, desde las mujeres violadas, desde las familias divididas, desde los que no tienen trabajo, desde los que tienen baja autoestima y desde los encarcelados. Tenemos que escuchar y reconocer no solo su deseo de inclusión, sino también los caminos y las leyes con los cuales quieren lograr su inclusión.

Así generalmente quien se encuentra en la periferia del mundo considera la ley mandada por el centro como la regla y la manera de no obedecer como las necesarias excepciones. Pero yo digo que si son las excepciones que permiten los caminos de los mas excluidos, entones hay algo que no funciona en las reglas y en las leyes.

Personalmente invoco la desobediencia y la objeción de consciencia delante de todas las leyes que no sirven al hombre sino que piden al hombre de hacerse siervo de ellas.
El punto de partida que reconozco bueno es la experiencia gratuita de Dios que hace nacer caminos, y no al revés, donde los caminos nos  hacen encontrar a Dios. A Dios no hay que encontrarlo, es él que descubre al hombre, allí donde se halla y como se encuentra. La libertad de Dios se da en encontrar al hombre, la libertad del hombre en hacer caminos.

Hay leyes que son como la cortina del Templo y oraciones que son como su altar de los sacrificios: esconden a Dios. Nuestra función es de compartir y liberar caminos y no de obstaculizarlos.

Emanuele Munafó


1 No es mi intención con este escrito hacer un estudio Bíblico, sino más bien buscar aplicaciones de este estudios previos. Comparto mis reflexiones complementándolas con el artículo escrito por Nancy Cardoso Pereira: “Comida, sexo y salud: Leyendo el Levítico en América Latina”. Se puede encontrar el texto en www.clailatino.org/ribla/autores.html

jueves, 21 de junio de 2012

No solo palabras

Desde cuando he abierto el blog y he decidido compartir algunas reflexiones, he recibido algunos consejos como respuesta a lo que estoy escribiendo. Comparto estos consejos porqué me parecen indicativos sobre una cierta modalidad de actuar de nuestras Iglesias.

Primer consejo
“Cierra el blog, porqué no es prudente o justo que tú expresas opiniones, visto tu papel dentro de la Iglesia”

Segundo consejo
“Modifica el tono de tus escritos, es demasiado duro. Esto no abre a un dialogo”

Respuesta al primer consejo
Pedirme el silencio me parece una censura. No pienso que mis palabras expresan verdades absolutas que se tienen que aceptar, pero dicen una realidad que muchos de nosotros estamos viviendo dentro de esta Iglesia. Si después no encajan con mi papel, hay que ver si están equivocados las palabras o el papel. Vivimos dentro de una Iglesia donde creo se puedan expresar opiniones. Somos sacerdotes, no soldados de un ejército. Claramente no todos tenemos las mismas opiniones. Todos somos Iglesia, también si no nos identificamos en el todo de la Iglesia. Hay personas que discrepan con puntos de la doctrina o del magisterio de la Iglesia. Hay quien lo hace con las palabras, hay quien lo hace con la práctica y hay quien lo hace con las dos cosas. Personalmente yo trato de entrar en esta última definición.
El mío no es un ataque polémico sobre una modalidad de ser Iglesia que percibo siempre más distante de la vida de las personas y excluyente hacía los más pobres. Lo que comparto, a través de este blog, es lo que en la práctica ya tratamos de vivir.
Cuando afirmo que la comunión es para todos lo digo desde la experiencia de una comunidad que no excluye a nadie de la posibilidad de recibir la comunión. Es la experiencia de una comunidad que no pone la comunión como un merito o el final de un camino, sino como don de gracia que permite, da fuerza y sentido al camino mismo. Personalmente la comunión la doy a todas las personas que se acercan con el deseo de recibirla y que están en un consciente camino de crecimiento en el amor. No considero la situación moral de cada uno, sino la bondad del deseo de un camino. En este sentido no hago diferencia entre convivientes o casados, entre personas recién confesadas o personas que es tiempo que no se acercan a este sacramento. Esto también porque creo que tendríamos que empezar a considerar estos dos sacramentos no ligado el uno al otro, poniéndolo uno como condición del otro.
No hace falta subrayar que la comunión así dada no es porque no conozco las situaciones de las personas que se acercan o porque cierro los ojos sobre su situación de irregularidad. Le doy la comunión conscientemente y libremente.

Cuando escribo sobre la autoridad que se expresa solo en el servicio hago referencia a lo que tratamos de vivir en nuestra comunidad, con todas las luces y sobras de las riquezas y limites humanos, y en particular míos personales. Tratamos de poner al centro la comunidad misma en un sentido siempre más inclusivo. Lo que se quiere es que la comunidad misma sea sujeto de su camino y objeto de su discernimiento. Nos acompañan en este camino la Palabra de Dios escuchada y compartida a la luz de la vida de cada uno de nosotros, la tradición de la Iglesia discernida a la luz de la Palabra de Dios, la eucaristía vivida como el compartirse de Dios con cada uno de nosotros y no con una óptica sacrificial.

Entonces claro que podría callarme, cerrar el blog y no compartir las experiencias que vivimos o las reflexiones que la acompañan, pero seguiría hablando la práctica. Lo que hago es solo dar voz a lo que vivimos, para que esta voz le dé más sentido y, tal vez más fuerza.
No busco el consentimiento de las autoridades, tal vez solo informo sobre lo que ya estamos viviendo y reflexiono sobre esto.
Hay quien solo reflexiona sobre estos temas y los deja a un nivel de dialogo. Hay quien ya actúa de esta forma pero no dice nada. Personalmente prefiero actuar y hablar, solo por una coherencia interna.

Respuesta al segundo consejo
Pido disculpa si a veces mis palabras resultan un poco duras o cerradas a un dialogo, no es esta la intención. Pero quisiera añadir una consideración. Percibo a veces una forma de violencia también pedir un tono que mantenga el pensamiento a un nivel de dialogo y no de búsqueda concreta de cambios posibles en nuestra manera de ser Iglesia. Sabemos que a veces la manera mejor para hacer callar una persona es hacerle creer de ser escuchada. Como sacerdotes sabemos muy bien que muchas veces se nos piden opiniones sobre cosas ya decididas. Tratamos de expresar las opiniones en la manera más correcta y dialogante posible, pero en realidad no hay ninguna escucha. De otra parte no quiero reducir estas reflexiones como si fueran las charlas de siempre. Es como cuando hablamos de un partido de futbol, todos parecemos los mejores entrenadores del mundo corrigiendo, aconsejando y ordenando las cosas en otra manera. Una vez que termina la charla cada uno regresa a su casa y no cambia nada, porque nadie en realidad es entrenador. No quiero reducir mis reflexiones a charlas de bar o de cantina. Tal vez no somos entrenadores, pero este partido lo jugamos todos, y todos tenemos la responsabilidad de ser consientes de nuestras palabras y acciones, porque estas de seguro producirán unos efectos, entonces cada uno tendrá que asumir las consecuencias.
Tal vez mis palabras son duras, pero quisiera recordar de cuanto sufrimiento ha generado una forma de silencio de nuestra Iglesia consecuencia de una política correcta que mira al la forma y no considera el contenido de lo que se le dice, para que todo siga siempre igual.

Agradezco de todo corazón todas las personas que hasta ahora me han manifestado su apoyo y conformidad a cuanto expresado, como todas las personas que no se han encontrado de acuerdo con lo dicho y lo están manifestando.
Personalmente sigo adelante con las palabras y las practicas en la búsqueda de una Iglesia más inclusiva y menos autoritarias.


Emanuele Munafó

jueves, 14 de junio de 2012

No es ésta le Iglesia que conocí


Conocí a la Iglesia del Cardenal Carlo María Martini  con su presencia profética e humilde.
Me apasioné de la Iglesia comprometida de don Puglisi, matado por la mafia.
Me enamoré de la Iglesia de dom Helder, valiente, cercana y comprometida.
Me comprometí por la Iglesia de la opción preferencial por los pobres.
Soñé con la Iglesia formada por las comunidades de base, laica e inclusiva.
Creí en la Iglesia que se hace guiar por las luces de la Palabra, reflexionada y compartida.

Es evidente que la Iglesia ha cambiado desorientando muchos de nosotros. Después del entusiasmo que provocó el Concilio Vaticano II en el mundo o Medellin y Puebla en América Latina, poco a poco este entusiasmo se ha ido apagando. Después de las apreturas que la Iglesia estaba viviendo para reconocerse realidad dentro del mundo y fuertemente en contacto con este, en estos últimos años hemos regresado a un lenguaje que quiere devolver a la Iglesia un papel que la pone por encima el mundo y de los hombres mismos, como si la Iglesia no fuera constituida de hombres. Estamos obligados a escuchar por este Papa que no hemos entendido el Vaticano II, que lo hemos interpretado mal. Como si no supiéramos leer los documentos, como si no tuviéramos capacidad de leer la historia. Después de años de reflexiones, de escuchas, de rumbos decididos en asambleas, de caminos compartidos nos dicen que no hemos entendido bien.
Estas relecturas me avergüenzan y me indignan.
Teníamos obispos que sabían caminar con el pueblo teniendo en una mano la Palabra de Dios y en la otra la mano frágil de los tantos oprimidos de la historia. No se puede olvidar el ejemplo profético de obispos como Helder Cámara o de la capacidad de encuentro y escucha de Carlo María Martini. Claramente dos obispos muy diferente entre ellos, pero que nos han regalado con su servicio un rostro de Iglesia de caminos compartidos y comprometidos con los más pobres y de acogidas humilde y sinceras de todas las diversidades.
Ahora estamos conociendo obispos que no pierden oportunidad para remarcar su autoridad reafirmándose como sucesores de los apóstoles, olvidándoles que esto, si así fuera, no es un privilegio, sino una responsabilidad de servicio. No es un lugar de mando, sino una actitud que tendría que llevarlos a arrodillarse delante de los hombres para lavarles los pies.
Conocemos obispos que han olvidado su Biblia sobre el escritorio de su oficina, porque estaría mal que falte en su biblioteca, pero que caminan teniendo en mano los documentos de la Iglesia, las encíclicas, las cartas del Papa o, peor el Derecho Canónico. No hay profecía en sus palabras, sino solo corrección de todo lo que piensan que no va bien. No estiman o aman su gente, sino la critican siempre. No reconocen la fe del pueblo, sino no la consideran nunca a la altura. No predican la Palabra de Dios, sino la moral o los deberes. No anuncian el amor de Dios, sino acusan el pecado del mundo.
¿A dónde pensamos llegar con estos líderes con los cuales estamos caminando ahora?
Quien trabaja dentro de la Iglesia, laico o sacerdote que sea, sabe bien cuantas cosas se tiene que tragar o callar delante de la afirmación: “Yo soy el obispo e yo decido como se tienen que hacer las cosas”. Quien intentó decir algo que no coincide con la decisión de la autoridad sabe cuantas veces de una forma u otra se nos ha pedido de callar, de no crear problemas, de no hacer cosas que no eran convenientes (¿convenientes a quien?). En realidad esto no pasa solo con los obispos, pero tantas veces también con los sacerdotes hacia los laicos. Suficiente ver cuanto verdaderamente valen los Consejos Pastorales dentro de nuestras parroquias, o cuantos laicos tienen responsabilidades reales dentro de nuestras instituciones eclesiales.
Me pregunto si como Iglesia nacemos desde un anuncio de resurrección que nos dice que la vida es más fuerte de la muerte o sobre un principio de autoridad de quien piensa de tener la verdad en sus manos y que pide a los demás de agachar la cabeza, de arrodillarse y de aceptar la fe y todo lo que conlleva con sumisión.
Quien trabaja dentro de la Iglesia sabe bien que la palabra de un laico no tiene el mismo valor de lo que puede decir un sacerdote. Sabemos bien que también si decimos que todos somos iguales, el pensamiento de la mujer tiene un valor aun más limitado. No creo decir nada nuevo si digo que hay en nuestra iglesia todavía una cierta sospecha hacia la mujer. En este sentido nuestra iglesia hermana protestante, en sus diferentes expresiones, es mucho más adelante de nosotros.

No puedo terminar de esperar y soñar con una Iglesia que sepa construir caminos de inclusión verdadera.
Sueño con una Iglesia que no haga diferencia de género, que permita y abra a un liderazgo femenino ordenado.
Sueño con una Iglesia que no haga diferencia entre puros o impuros, sino que gratuitamente de lo que gratuitamente Jesús dio.
Sueño con una Iglesia que no siga hablando del pecado acusándolo, sino que hable del amor revelándolo y viviéndolo.
Sueño con una Iglesia que no siga diciendo que somos pecadores, sino que somos pecadores ya perdonados y amados.
Sueño con una Iglesia donde los más marginalizados no ocupen los últimos asientos y que no los encontremos en cola a pedir la caridad, sino que sean protagonistas de nuestras realidades eclesiales.
Sueño con una Iglesia que comparte vida y Palabra de Dios, no doctrina y mandamientos.

La que vivimos ahora no es la Iglesia que conocí, y si esperamos que un cambio llegue desde arriba creo que nos estamos equivocando y perdiendo nuestro tiempo. Solo Dios tuvo la fuerza de bajar del cielo, pedirles a nuestras autoridades un gesto de humildad y bajar de sus tronos tal vez es demasiado. Pero si empezamos desde nuestras pequeñas realidades a empezar a vivir relaciones diferentes y nuevas tal vez algo puede pasar. Esto no les gustará a las autoridades que a un cierto punto tenemos que saber escuchar, y a veces hacerle creer que los estamos escuchando.

Emanuele Munafó

viernes, 8 de junio de 2012

Iglesia inclusiva, ministerial y laica: una experiencia

Cerezo Barredo - En la cena ecológica del Reino
www.servicioskoinonia.org/cerezo/
A veces dicen más las experiencias que las palabras. Claramente la práctica no es como la teoría  que trata de ser más perfecta posibles, en la práctica siempre hay imperfecciones. Pero no nos interesa la perfección, sino buscamos luces que, en los tiempos oscuros de Iglesia que estamos viviendo, nos recuerden un Dios que no excluye a nadie porque ama a todos los pueblos (Dt 33,3), un Dios que no hace diferencia entre las personas (Gl 3, 28), no un Dios de la ley sino de la misericordia que ya perdonó al mundo su pecado (Gl 2, 21) y que solo quiere que viva de misericordia y no de sacrificios o penitencias (Mt 9, 13). Queremos experiencias donde la comunión no es uniformarse a una unicidad sino compartir las diferencias, donde el liderazgo no es un mando autoritario sino la modalidad que refleja la posibilidad de construir fraternidad.
No queremos templos como estructuras centrales de poder que controlan la conciencia y la vida de las personas, sino casas que acogen y acompañan humildemente la vida de las personas en el respeto de su dignidad e identidad personal y cultural.
No queremos altares signo de un eterno sacrificio que se le tiene que ofrecer a Dios como pago para merecer lo deseado, sino mesas alrededor de las cuales sentarnos para compartir nuestra vida y permitirle a Dios de compartirse con todos gratuitamente y sin exclusiones.
No queremos una clase sacerdotal como liderazgo autoritario de un padre patrón que se pone por encima de todo y de todos,  sino familia de iguales a la cual nadie pertenece como padre sino como hermano, hermana y madre, una familia a la cual se pertenece por fe y no por el respeto de las leyes o de los preceptos.

Les comparto la experiencia de una comunidad que busca la forma para ser Iglesia inclusiva, ministerial y laica.
Una comunidad revela lo que es también en la manera con la cual celebra. Consideramos su manera de decirse en el momento en que se reúne para reconocerse como familia.

Una comunidad que celebra en una Maloka1.
La estructura del templo es en sí excluyente porque crea espacios de sacralidad accesibles solo a pocos o a uno solo. Así era en el templo de Jerusalén y así corremos el riesgo de repetir estructuras excluyentes que refuerzan la jerarquización de nuestra iglesia. En cambio consideramos el espacio sagrado como espacio de toda la comunidad, para recordar que el sagrado está en cualquier lugar que pisan nuestros pies (Ex 3, 5) y accesible a todos sin diferencias jerárquicas o de pureza e impuridad.
En la cultura de la selva La Maloka es llamada también Casa Grande.  Es el punto de reunión y unión de toda la comunidad. La parroquia así quiere ser “casa entre las casas” o “casa de quien no tiene casa”. No es propiedad o casa de uno, sino es propiedad y responsabilidad de todos. Es lugar donde las decisiones se toman en conjunto en formas asamblearias y donde la palabra de todos es igualmente importante. La Maloka es expresión de una cultura preexistente que no quiere ser borrada ni sustituida con estructuras culturales de otros países. La Maloka es signo del rechazo al proyecto de David, no querido por Dios, de construir un Templo para justificar la existencia del palacio (2 Sam 7, 5-7), y realizado por Salomón oprimiendo al pueblo (cfr. 1 Reyes 5, 27). La Maloka es carpa en medio de las carpas de la tribu, no es Templo y no es Palacio. La Maloka es la vivencia de Dios en medio y con su pueblo.

Una comunidad que celebra en un círculo abierto.
Una comunidad que celebra en círculo abierto dice su deseo de inclusión y su identidad ministerial, porque todos tienen la misma cercanía al centro. No hay diferencia entre las personas en el sentarse en una comunidad. No hay un rol más importante de los otros, como lo del sacerdote. Es la construcción de una comunidad alrededor del mismo centro donde todos son igualmente importantes. La importancia de cada uno no se da en orden a un liderazgo jerárquico que pone uno encima de todos, sino en orden a la función ministerial (servicio) de todos. El sacerdote que celebra no tiene su sede exclusiva que remarca su importancia jerárquica, sino está sentado en el círculo en los mismos asientos de todos. Quien celebra es la comunidad entera, y quien realiza la celebración es el ministerio de todos los que participan. El único momento durante el cual el sacerdote sale del círculo y se acerca al centro es para ejercer la especificidad de su ministerio (la consagración).
Una comunidad que se pone en un círculo no hace referencia a la vida o a las palabras de uno solo como si fuera el más justo o importante, sino acoge la vida de todos como signo de la presencia de Dios. Es una comunidad que reconoce que la primera palabra de Dios es la vida de cada hombre (cfr. San Agustín).
La comunidad no se encierra en un círculo que excluye sino en un círculo que se queda siempre abierto para acoger. Es muy fuerte a veces la tentación de encerrarse construyendo las parroquias como movimientos y experiencias para pocos. Los criterios selectivos que a veces se dan son leyes y preceptos que se vuelven exigencias excluyentes. Es siempre más común escuchar: “pocos pero buenos” o “hay que sacar la manzana podrida para que no infecte a todos”. Las razones para determinar los buenos siempre más son criterios que respetan la lógica, tanto criticada por Jesús, del puro e impuro. Sabemos que dentro de la Biblia esta es una lógica discriminatoria que pagan siempre los más pobres y excluidlos. En nuestros tiempos el juicio moral muchas veces se queda como criterio discriminatorio, sin considerar la complejidad de la vida de cada uno ni la misericordia con la cual tendríamos que acoger. Una comunidad abierta sabe acoger las heridas del hombre sin juzgarlas, sino amándola, acompañándola y sanándola. La lógica del Templo mira a cuidar su pureza y santidad, entonces a cuidarse a sí mismo. En cambio la lógica de una comunidad abierta no tiene miedo de acoger “prostitutas y publicanos” como los que tienen derecho a ocupar los primeros asientos.

Una comunidad sin altar
Una comunidad que se reúne en un círculo pone en el centro lo más importante para que pueda ser alcanzado por todos con la misma dignidad. Por eso esta comunidad no tiene altar, que recuerda la modalidad del sacrificio excluyente por su lógica meritoria, sino celebra sobre una raíz que recuerda el don de la vida compartido con todos.
El árbol en la Biblia es recuerdo antiguo y siempre actual del Dios de la vida, que regala y permite la vida. El árbol es el lugar del sagrado (Gn 12, 6) alrededor del cual se reúne el pueblo. Es el recuerdo antiguo de la primera y verdadera alianza que Dios establece con su pueblo sin pedirle nada en cambio como iniciativa gratuita (Gn 15, 1-21). Es Dios que establece su pacto con el hombre, al cual no se le pide nada para poder participar de esta alianza, solo dejarse amar.
En la selva el árbol es signo de esta gratuidad de la naturaleza que gratuitamente comparte sus frutos con todos. Al hombre se le pide solo de cosechar. Así a nosotros se nos pide solo de cosechar los frutos del amor de Dios que gratuitamente se comparte con toda la humanidad sin exclusiones (Lc 10,2). En esta comunidad se celebra, más que el sacrificio eucarístico, la eucaristía como compartirse de Dios con toda la humanidad en memoria de su acción libertadora (es cena domestica de Pascua no culto sacrificial del Templo). Es el rechazo de la lógica de todos los poderoso, como David y Salomón, que todo pusieron a su servicio, cuando la naturaleza ya no era garantía de vida para el pueblo, sino tributo pesado para el palacio del rey, y holocaustos, sacrificios, oblaciones, para los altares de los sacerdotes. Esto se daba a cambio de la vida del pueblo. Comenzó de este modo el círculo vicioso: para tener más vida, tengo que renunciar a mi vida para dar vida al rey, hijo de Dios, y al sacerdote, su representante. Creo que tenemos que retomar lo que es nuestro de derecho instituido por Dios y que es iniciativa gratuita del Dios de la vida.

Es una experiencia con sus límites y defectos pero que busca ser signo profético en un tiempo en el cual el Templo y el Palacio tratan de callar la palabra de la profecía que llega desde el vientre del pueblo, origen de todos los verdaderos profetas de la Biblia. Es palabra que llega desde el vientre de la madre que dio a luz a Jesús como memoria y rescate de todos los vientres violados de las mujeres que dieron a luz la esperanza (cfr. en Isaías las mujeres en el destierro) y como escucha de todos los vientres de los pobres que claman la justicia que nace de la inclusión. Desde el tronco de Israel violado y cortado nació la esperanza, así alrededor de una raíz marcada por la violencia del tiempo presente se quiere multiplicar la denuncia de violencia desde la cual nace una nueva esperanza: una comunidad inclusiva, ministerial y laica.

Es una experiencia, tal vez expuestas a las críticas y tal vez destinada a la persecución pero grávida del deseo de dar y recibir dignidad en esta Iglesia.
  
Emanuele Munafó


 1 La Maloka es una estructura tradicional que puede ser circular hecha de madera y con el techo de hojas.

jueves, 7 de junio de 2012

Chiesa e gerarchia

Chi vuole i testi di Chiesa e Gerarchia in italiano li puó incontrare nella pagina:
www.comunitaelavoro.org

si puó scaricare il testo in
www.comunitaelavoro.org/wp-content/uploads/2012/06/2012-Chiesa-e-gerarchia.doc


Ringrazio di cuore gli amici di Comunitá e Lavoro per la traduzione